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Colaboración: La senda de Pérez (I)
20.5.12


Hoy es mi primera tarde como parado. En realidad, no es exactamente así: llevo tres días en la habitación donde tengo el portátil haciéndome a la idea e intentando que esta situación sólo consiga destrozarme el estómago y la sien derecha con sus garras y largas uñas. Paradojas de la vida, el estudio parece el despacho de un director general de una mediana empresa por la superficie que tiene, pero mi presencia física, de parado, la estropea. He estado ocupado estos días en salir victorioso de la primera batalla a la que cualquiera en una situación similar debe enfrentarse y busco ese trofeo tan banal y sencillo que es la aceptación de los hechos. Desde que tuve una conversación telefónica a intempestivas horas de la noche con el socio financiero del negocio que teníamos previsto abrir, mi cerebro abandonó todo atisbo de confianza, alegría y fuerza, y mis manos se aferraron al frío y húmedo ladrillo que conforma esa circunferencia que es el borde del pozo. Están ocupadas en sujetar a un cuerpo cuyo final podría ser destrozarse contra el fondo.

También he pasado bastante tiempo perdiendo la mirada en la ventana que tengo a la derecha. Es como un bálsamo, un reducto de paz o esa medicina de efecto súbito que reduce la tensión, los dolores de cabeza y el pellizco estomacal. Pienso que allí afuera se encuentra el futuro, la certeza de que un trabajo me está esperando y la convicción en que los muchos años que engrosan mi vida laboral no pueden reducirse ahora a soltar mis manos del borde del pozo y dejarme arropar por la fría caída que me llevará al fondo. 

Mi única alternativa se reduce a estar sentado frente al portátil y a tener permanentemente ocupadas las manos en el teclado del ordenador, buscando información, visitando sitios donde puede haber trabajo o simplemente perdiendo la vista en el mar de pixels que es la pantalla. 

-- Esta situación es necesaria --parecen decir los magníficos árboles tras la ventana mientras se balancean suavemente al ritmo de semejante aseveración y de la débil brisa que sopla. El verde de las enredaderas que cubren la alambrada que prolonga la tapia de ladrillo de la pista de tenis, transmite esperanza. Siempre están de ese color, sea verano o invierno, esté soleado, nevando o lloviendo, sea un templado día invernal como es hoy o una de esas jornadas que utiliza la primavera para invadir los terrenos a un caduco invierno y anunciar a los cuatro puntos de la rosa de los vientos que ya está cerca. "Piensa que has estado trabajando durante veintidós años seguidos y que tu desgracia forma parte del entrenamiento vital de todo hombre; aunque tengas más de cuarenta, no lo has visto ni vivido todo: hasta para morir hay que aprender a hacerlo", grita un moscardón al encontrarse con el cristal de la ventana en su camino. Tras chocar reiteradamente en el cristal, el moscardón se detiene sobre el cristal desafiante, esperando una respuesta o simplemente descansando del esfuerzo.

-- No tienes ni puñetera idea de lo que dices. -- pienso para mí, sin perder de vista la flecha del cursor que se ha transformado en un reloj de arena mientras arranca el navegador.

Se oye el agitar de las alas del moscardón que continúa en la miserable tarea de continuar su marcha atravesando el cristal.

-- Estar en paro es una situación -- continúo con un didáctico, como el que utiliza el maestro con su pupilo -- que no sólo te entristece, deprime y vuelve un condenado gruñón, sino que te lanza a un mundo hipersensible en el que cualquier hecho anterior, aunque lo hayas vivido infinidad de veces antes, significa algo nuevo. 

Vuelvo a mirar al reloj del ordenador que se muestra como una antigualla, dejando caer inexorablemente la arena desde arriba al depósito de abajo, se gira y vuelve a empezar. Me habrá acompañado millones de veces pero nunca antes me había causado tanta desesperanza. "Mírame. En algo me parezco a ti: estoy obsoleto en un mundo moderno. Recordar el paso del tiempo es mi razón de existir, lo que mido, por lo que estoy aquí... Ese es tú principal tesoro ahora: el tiempo. Pero no pienses que es un premio. Produce hartazgo cuando se disfruta en exceso y te puedo asegurar, amigo, que lo vas a sufrir. Y observa que, cuando en la parte superior no queda ni un grano de arena, vuelvo a empezar; esto te será muy familiar: una oferta de trabajo, imprimir unos folios, hacerlos llegar por correo y esperar a ver qué pasa mientras vuelves a empezar. Bienvenido. Tú y yo hacemos lo mismo: comenzar, cumplir la rutina, acabar, e inmediatamente, comenzar", dice antes de desaparecer al abrirse la ventana del navegador. 

(Continuará).  | Foto: Alvaro París |  

| Categoría: Literatura |

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